Allí estaba, en la calle, con poco equipaje, apenas una maleta, seguramente vacía de ilusiones y sueños que algún día hace no mucho llenaron su cabeza. Intentaba alejarse de la realidad, de todos los recuerdos que la herían. Trataba de olvidar, dejar en blanco un corto período de su vida. No quería mirar atrás, otra vez no. Aun sentía el ardor recorrer cada recodo de su piel, sin saber de limites o fronteras. Una desolada lágrima se deslizaba por sus sonrojadas mejillas asomándose al precipicio de sus labios, rojos por el carmín, que pintaba sus miedos tratando de mostrarla fuerte. Inalterable, sin comprender si había perdido la razón o esta, le había abandonado a ella.
Aquel 1 de octubre las farolas iluminaban la noche, vestida de una inmensa oscuridad y adornada por minúsculas estrellas, desdibujadas en el firmamento. Sin saber qué camino escoger, deambulaba sin sentido, sin prisa, y apenas consciente de su realidad. Ausente, muerta para el mundo, ya que nada daba motivos a su corazón para seguir su frenético ritmo. Trataba de evadir a la tristeza, no entrar en un juego en el que inevitablemente, ella, seria la perdedora. Tarde. Cabizbaja murmuraba, recordaba. ¿De qué sirve amar a alguien, quererle con todo tu ser, si nada es infinito, Si cuando ese amor se apaga, todo desaparece, y el mundo carece de sentido? ¿Acaso merece la pena arriesgarlo todo, jugar a una sola carta?
El, tenía unos ojos azules que brillaban como dos piedras preciosas, un cuerpo detalladamente esculpido sobre el frio mármol, recubierto por una piel dorada por el sol y una sonrisa perfecta y reluciente, que incitaba a fantasear. Ella, quien ya ignorante del cariño sentía como sus fuerzas se evaporaban formando espesas nubes que nublaban sus sentidos, desvanecía derrotada, sin vida, al recordar su mirada, cuando entre suspiros y lamentos reconocía la tenue luz que la transportaba al inmenso azul de sus ojos, un mar de dudas en el que ambos habían naufragado, una luz que la deslumbraba y aturdía, el mar en el cual ella aún permanecía sin rumbo fijo, agarrándose a aquella madera roída, a aquel atisbo de esperanza. Dejándose llevar por las olas que zarandeaban sus ilusiones ya marchitas, por el paso del tiempo, con su superfluo ir y venir mientras se ahogaba en la soledad.
Su historia fue de idas y venidas, de trajinar, de no estarse quieto, porque el mundo no podía pararse entonces, precisamente entonces, no. Una historia fabricada de recuerdos, como todas que merecen la pena. De recuerdos y de ideas, y de lo que quieres recordar aún sabiendo que nunca pasó. Es una historia de lo que ha sido, de lo que es, de lo que será…
La vida de Ela estaba completamente llena, nunca pensó que podía querer tanto a nadie, que alguien podría llenar su cabeza, monopolizar sus pensamientos, y controlar su ser, pero le daba igual, porque todo carecía de importancia para ella, absolutamente todo menos él. Porque no se imaginaba el día a día sin esa persona encargada de que siguiese respirando, de que cada bocanada de aire, recorriese sus pulmones, dejase que su olor impregnase su cuerpo, necesitaba ese abrazo que le decía todo, te quiero, no me dejes, siempre es siempre. Esos besos bajo las atentas miradas de la luna, dulces, suaves, las caricias que recorrían su rostro, ya memorizado a la perfección, las palabras que le animan a seguir adelante. Si algo tenía claro, era que Ángel era su presente, pero sobretodo su futuro, y que sin él, no esperaría nada de la vida, porque esta perdería el sentido, no tendría ningún valor para Ela.
Nunca llegaría Ela a olvidar aquella tarde, del 10 de septiembre, en la que todos sus sueños, ilusiones y por todo lo que había luchado, se esfumó, se perdió en el infinito azul del mar, como si nunca hubiera ocurrido.
Ángel le había animado a saltar por aquel horrible e imponente barranco donde cada verano los jóvenes disfrutaban tentando a la suerte, saltando ignorantes del peligro que corrían, tratando de generar la famosa adrenalina, que da esos minutos de éxtasis total. ¿Pero realmente era necesario? ¿De veras que valía la pena?
Saltaremos juntos le había dicho el, no mires al vacío, serán solo unos segundos. Ela le agarro fuerte, muy fuerte la mano. 20 metros les separaban del mar de la fría agua que amortiguaría su caída, 20 metros del final.
“Cierra los ojos, bonita; a la de tres saltaremos. 1, 2, 3”
Y se precipitó al vacío, recorriendo uno por uno esos 20 metros que les separarían definitivamente. Ela miraba desde arriba. Quieta, callada, impasible.
… 2 metros, 1 metro, 0.
Ángel se zambulló en el mar, provocando una interminable espuma blanca, la cual, a sabiendas de lo ocurrido trataba de tapar la escalofriante imagen. El mar hizo lo que pudo, pero ni su agua amortiguo el golpe, ni su azul logro ocultar el cuerpo inmóvil de Ángel, que yacía a merced de las olas, dejándose llevar. Sus ojos permanecían abiertos, su penetrante azul competía con el de su asesino, el mar. Su mueca era tranquila, feliz. Ya nada le podría preocupar.
Ela mantenía la mirada fija en Ángel, incrédula, inalterable, fría. Mientras su consciencia se evadía por segundos. Abandonando este mundo, añorando su soledad. Sintió como una parte de ella era destruida, como un agudo dolor recorría cada una de sus venas, transportándolo a cada poro de su piel, y como sus arterias se encargaban de llenar la parte restante de su corazón, malherida e incompleta con esta horrible sensación de vacío.
¿Así era como estaba predestinada su historia a acabar? Debería haber saltado con él, juntos, de la mano. Mil veces juraron que siempre, seria siempre.
En menos de un mes su vida se desmoronó, no aguanto la presión, ni la tristeza, por mucho que trato de recuperar su ansiada soledad, los recuerdos de los que fueron los dos mejores meses de su vida, no la dejaban olvidar.
Aquel 1 de octubre, tan solo 20 días después de su muerte, al igual que los metros que acabaron con él, Ela decidió desistir. Ahogarse finalmente en el mar de sus ojos azules, del que había sido naufrago, para volver así, a estar con él.
Por más que las farolas tratasen de iluminar la oscuridad, aquella noche pudo con ellas, confundiendo a ese coche que fue incapaz de adivinar la presencia de Ela. Poco a poco las luces se acercaron destellantes, advirtiendo del peligro, pero Ela ya no temía a nada, porque nada había que mereciera su atención. Cargada con su maleta dio el último paso, hacia delante, por primera vez en su vida segura de sí misma, sin vacilar, mirando al horizonte, sin atreverse a pestañear. Hasta que la luz la cegó, apareciendo en su mente su imagen, su ultimo recuerdo, de sus ojos que la tranquilizaron y de su sonrisa que le recordó el valor de un te quiero. Dos segundos más tarde, esa imagen se difuminó, y finalmente se apago la oscuridad.
Algopparaleer.



